martes, 9 de noviembre de 2021

Buen camino

    Una alarma de despertador suena, débilmente, en un cuarto oscuro. Te apresuras a apagarla, antes de que moleste al resto de personas con las que compartes habitación. Intentas ponerte de pie con un esfuerzo inhumano. Te duele todo tu cuerpo y te preguntas si hoy podrás cumplir con los objetivos que en el día anterior fijaste con tus compañeros que, por cierto, ya andan desperezándose en sus respectivas camas mientras intercambian contigo sonrisas tímidas y muecas de dolor burlonas.

    El silencio de la habitación es constantemente roto por alguna alarma, unos pasos inquietos que se mueven de un lado a otro, una cremallera, una bolsa de plástico y los muelles de un colchón gastado. Te apresuras a vestirte y asearte, no quieres que los demás tengan que esperarte y la jornada se retrase por tu culpa.

    Colocas las botas en tus pies, las ajustas y empiezas a sentirte completo. Cuelgas la mochila sobre tus hombros y cuando todo el peso de tu equipaje descansa en tu espalda, comienzas a entrar en trance. Coges tu bastón, ajustas tu mano a su empuñadura, preguntas al resto de tus compañeros si están preparados y partís directos a completar la siguiente etapa.

    Abandonas el albergue cruzándote con caras conocidas con las que llevas compartiendo camino, techo y restaurantes durante todo tu viaje. “Buen camino, nos vemos en el siguiente albergue”.

    El sol aún no ha salido y una llovizna gélida golpea tus mejillas y te hace estremecer. Un pie y después el otro, así comienzan todas las etapas. Siempre. Casi no intercambias palabras con tus compañeros, cada uno de ellos está librando una batalla interior: contra las agujetas, contra el sueño, contra las inseguridades, contra el dolor, contra las voces que les susurran que no lo va a conseguir, contra los pensamientos pesimistas…

    Con la primera luz del día, comienzan las sonrisas. Ya has caminado lo suficiente como para haber entrado en calor. Seguramente ya hayas desayunado y te sientas lo más fuerte que podría esperarse en esa situación. Las conversaciones se animan y, aunque parezca imposible, casi nunca se habla de la rutina y vida que dejasteis atrás. Seguramente el amanecer os incite a hacer las primeras fotos del día con esa luz naranja iluminando los húmedos bosques verdes.

    Y de repente… ¡Un café! Caliente, amargo, oscuro… Contraste perfecto al entorno en que te mueves. Cuando descuelgas tu mochila y te sientas a la mesa con tus compañeros, sientes que no hay otro sitio mejor donde estar. Y, al son del sonido de las cucharas de un café que se está acabando, por la puerta aparecen los conocidos que dejaste en el albergue. Los saludas e intercambias con ellos palabras escasas pero cargadas de cariño y mucho ánimo. Buscas la credencial, colocas el sello del establecimiento, cuelgas tu mochila y de nuevo retomas tus pasos.

    Casi sin darte cuenta, habrás completado la mitad de la etapa prevista en apenas unas horas. Sientes que el trabajo más duro está prácticamente hecho. Hablas con tus compañeros y crees que es un buen momento para tomar un descanso largo. Es medio día y aún queda media etapa por delante. El cansancio empieza a hacerse evidente y los ánimos empiezan a ir hacia abajo. El que más fuerte se sienta en ese momento, no necesariamente siempre es la misma persona, seguramente empezará a intentar animar al resto del grupo con conversaciones más entretenidas, música, juegos…

    Cuando faltan unos 6 kilómetros empieza lo realmente duro. Da igual lo larga o corta que haya sido la etapa. Estos últimos kilómetros son psicológicamente destructivos. Normalmente el grupo se separa: “Tengo que seguir manteniendo este ritmo, como lo baje siento que no voy a poder completar la etapa” “Sí, no te preocupes, no pasa nada. Yo siento justo lo contrario, tengo que bajar mi ritmo si quiero llegar al albergue”.

    Te quedas solo.

    Entras en éxtasis.

    Sientes que no puedes seguir, que deberías parar y que no vas a llegar a tu destino. Sin embargo, las piernas no dejan de moverse. El dolor es intenso, pero nunca dejas de andar. La mochila te pesa demasiado, pero nunca te la descuelgas. Te das cuenta como tu mente es débil, pero tu cuerpo es fuerte y por mucho dolor que te remita, sigue funcionando.

    Tus pensamientos giran en torno al dolor, a los kilómetros que quedan, al estado de tus compañeros, a esa ampolla que se te está formando, al pliegue de la camiseta que te está haciendo daño en la espalda… Levantas la vista y ves el paisaje. Te preguntas si todo esto vale la pena y si no estarías mejor en casa.

    Último kilómetro y ya puedes sentir la mochila descolgándose de tu espalda. Tus pies liberándose de la prisión de tus botas. Tu boca degustando la comida casera que seguro encontrarás en tu plato al finalizar la jornada…

    Te reúnes con tus compañeros, comentáis qué tal os fue en el último tramo. Ya solo pensáis en una ducha, una merecida cena y una cama donde descansar. La tarde está avanzada y el sol se va poniendo lentamente.

    Llegáis al albergue. El responsable te explica las normas y te enseña el lugar que va a ser tu hogar por una noche. Sello en credencial. Ducha. Salís para cenar. Organizas con tus compañeros la etapa del día siguiente. Y, cuando intentas levantarte de la mesa donde estabas cenando, las agujetas se hacen evidentes. Te das cuenta de todo el cansancio que llevas acumulado. Sonríes, bromeas y llegas como puedes a la cama.

    Ya en la cama, sientes que, esta, es una de las actividades físicamente más duras que has hecho. Tienes el cuerpo destrozado y no sabes si esa rodilla, ese pie, esa ampolla… te permitirán llegar a Santiago. Pero apartas rápidamente esos pensamientos y te centras en la siguiente etapa. Cierras los ojos y te dejas dormir. El colchón es incómodo, el tacto de las sábanas es áspero… Pero nada te importa, solo quieres descansar… Como sea…

    El despertador vuelve a sonar y, antes de que te des cuenta… Ya están de nuevo las botas en tus pies calzadas. Ya está la mochila en tus hombros colgada. Ya está tu vara en tu mano agarrada. Un pie y luego el otro. Varios kilómetros por delante. El sol aún no ha salido y ya te diriges hacia tu destino. Tus compañeros te saludan: “Peregrino, ¡Buen camino!”

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