El silencio de la habitación es constantemente roto por alguna
alarma, unos pasos inquietos que se mueven de un lado a otro, una cremallera,
una bolsa de plástico y los muelles de un colchón gastado. Te apresuras a vestirte
y asearte, no quieres que los demás tengan que esperarte y la jornada se retrase
por tu culpa.
Colocas las botas en tus pies, las ajustas y empiezas a
sentirte completo. Cuelgas la mochila sobre tus hombros y cuando todo el peso
de tu equipaje descansa en tu espalda, comienzas a entrar en trance. Coges tu
bastón, ajustas tu mano a su empuñadura, preguntas al resto de tus compañeros
si están preparados y partís directos a completar la siguiente etapa.
Abandonas el albergue cruzándote con caras conocidas con las
que llevas compartiendo camino, techo y restaurantes durante todo tu viaje. “Buen
camino, nos vemos en el siguiente albergue”.
El sol aún no ha salido y una llovizna gélida golpea tus mejillas
y te hace estremecer. Un pie y después el otro, así comienzan todas las etapas.
Siempre. Casi no intercambias palabras con tus compañeros, cada uno de ellos
está librando una batalla interior: contra las agujetas, contra el sueño,
contra las inseguridades, contra el dolor, contra las voces que les susurran
que no lo va a conseguir, contra los pensamientos pesimistas…
Con la primera luz del día, comienzan las sonrisas. Ya has
caminado lo suficiente como para haber entrado en calor. Seguramente ya hayas
desayunado y te sientas lo más fuerte que podría esperarse en esa situación. Las
conversaciones se animan y, aunque parezca imposible, casi nunca se habla de la
rutina y vida que dejasteis atrás. Seguramente el amanecer os incite a hacer
las primeras fotos del día con esa luz naranja iluminando los húmedos bosques
verdes.
Y de repente… ¡Un café! Caliente, amargo, oscuro… Contraste
perfecto al entorno en que te mueves. Cuando descuelgas tu mochila y te sientas
a la mesa con tus compañeros, sientes que no hay otro sitio mejor donde estar. Y,
al son del sonido de las cucharas de un café que se está acabando, por la
puerta aparecen los conocidos que dejaste en el albergue. Los saludas e
intercambias con ellos palabras escasas pero cargadas de cariño y mucho ánimo.
Buscas la credencial, colocas el sello del establecimiento, cuelgas tu mochila y
de nuevo retomas tus pasos.
Casi sin darte cuenta, habrás completado la mitad de la etapa
prevista en apenas unas horas. Sientes que el trabajo más duro está
prácticamente hecho. Hablas con tus compañeros y crees que es un buen momento
para tomar un descanso largo. Es medio día y aún queda media etapa por delante.
El cansancio empieza a hacerse evidente y los ánimos empiezan a ir hacia abajo.
El que más fuerte se sienta en ese momento, no necesariamente siempre es la
misma persona, seguramente empezará a intentar animar al resto del grupo con
conversaciones más entretenidas, música, juegos…
Cuando faltan unos 6 kilómetros empieza lo realmente duro.
Da igual lo larga o corta que haya sido la etapa. Estos últimos kilómetros son psicológicamente
destructivos. Normalmente el grupo se separa: “Tengo que seguir manteniendo
este ritmo, como lo baje siento que no voy a poder completar la etapa” “Sí, no
te preocupes, no pasa nada. Yo siento justo lo contrario, tengo que bajar mi
ritmo si quiero llegar al albergue”.
Te quedas solo.
Entras en éxtasis.
Sientes que no puedes seguir, que deberías parar y que no
vas a llegar a tu destino. Sin embargo, las piernas no dejan de moverse. El
dolor es intenso, pero nunca dejas de andar. La mochila te pesa demasiado, pero
nunca te la descuelgas. Te das cuenta como tu mente es débil, pero tu cuerpo es
fuerte y por mucho dolor que te remita, sigue funcionando.
Tus pensamientos giran en torno al dolor, a los kilómetros
que quedan, al estado de tus compañeros, a esa ampolla que se te está formando,
al pliegue de la camiseta que te está haciendo daño en la espalda… Levantas la
vista y ves el paisaje. Te preguntas si todo esto vale la pena y si no estarías
mejor en casa.
Último kilómetro y ya puedes sentir la mochila descolgándose
de tu espalda. Tus pies liberándose de la prisión de tus botas. Tu boca degustando
la comida casera que seguro encontrarás en tu plato al finalizar la jornada…
Te reúnes con tus compañeros, comentáis qué tal os fue en el
último tramo. Ya solo pensáis en una ducha, una merecida cena y una cama donde
descansar. La tarde está avanzada y el sol se va poniendo lentamente.
Llegáis al albergue. El responsable te explica las normas y
te enseña el lugar que va a ser tu hogar por una noche. Sello en credencial. Ducha.
Salís para cenar. Organizas con tus compañeros la etapa del día siguiente. Y,
cuando intentas levantarte de la mesa donde estabas cenando, las agujetas se
hacen evidentes. Te das cuenta de todo el cansancio que llevas acumulado. Sonríes,
bromeas y llegas como puedes a la cama.
Ya en la cama, sientes que, esta, es una de las actividades
físicamente más duras que has hecho. Tienes el cuerpo destrozado y no sabes si
esa rodilla, ese pie, esa ampolla… te permitirán llegar a Santiago. Pero apartas
rápidamente esos pensamientos y te centras en la siguiente etapa. Cierras los
ojos y te dejas dormir. El colchón es incómodo, el tacto de las sábanas es áspero…
Pero nada te importa, solo quieres descansar… Como sea…
El despertador vuelve a sonar y, antes de que te des cuenta… Ya están de nuevo las botas en tus pies calzadas. Ya está la mochila en tus hombros colgada. Ya está tu vara en tu mano agarrada. Un pie y luego el otro. Varios kilómetros por delante. El sol aún no ha salido y ya te diriges hacia tu destino. Tus compañeros te saludan: “Peregrino, ¡Buen camino!”
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