domingo, 10 de mayo de 2020

El caso Emily


—Espérame en el coche, vuelvo enseguida —dijo Andrew mientras se bajaba del automóvil y cerraba tras de sí la puerta.
—Jefe, no creo que sea buena idea…
—Robert, —Andrew se inclinó asomándose por la ventanilla para mirar a su compañero directamente a los ojos— confía en mí. Jason es un viejo conocido, pero no se fía de los extraños. Es mejor que esperes aquí.
Una lluvia torrencial golpeaba la gabardina gris y el sombrero de Andrew, quien recorrió trotando los pocos metros que separaban el coche de aquella casa solitaria a las afueras de Los Ángeles.

La luz del porche estaba apagada y dentro no parecía que hubiese nadie. Llamó al timbre y colocó instintivamente la mano sobre su arma reglamentaria.
—¿¡Jason!? —gritó— Jason, soy Andrew. Tenemos que hablar. Vengo solo.
Nadie contestó.
—Jason, no juegues conmigo. Sé que estás ahí —dijo Andrew mientras intentaba girar el pomo de la puerta sin mucha esperanza. No obstante, fuera de todo pronóstico, la puerta se abrió. Un pasillo mal iluminado se abría ante él. Un par puertas abiertas a cada lado del pasillo daban a habitaciones oscuras. La única luz encendida en toda la casa era la de una escalera al fondo de la estancia: una escalera que bajaba al sótano.
Andrew entró a la casa despacio, cerró la puerta y sacó su arma.
—¿Jason? —dijo en un tono más calmado y casi susurrando— Jason, soy Andrew.
Avanzaba lento pero seguro hacia la escalera, pareciese como atraído cual mosquito hacia la luz. Sostenía el revólver con ambas manos. La gabardina abierta dejaba ver su oscuro uniforme de servicio. A cada paso que daba, la madera del suelo chirriaba. Llegó hasta la escalera, pero no conseguía ver el sótano aún. La escalera estaba dividida en dos tramos, cada uno de ellos separados por un amplio descansillo de donde provenía la luz.
Casi no había pisado el primer escalón, cuando una voz a sus espaldas lo detuvo en seco.
—Hola, Andrew… Estaba durmiendo. —Andrew se giró sobresaltado y contempló a Jason dejado caer sobre el marco de una de las puertas que había dejado atrás—. Perdón si no te he abierto antes… Me ha costado levantarme. Me encuentro mal.
—Jason, ¿sabes por qué estoy aquí? —dijo Andrew mientras bajaba el arma, algo más tranquilo.
—Seguramente por la desaparición de la niña de los White. —Jason se frotaba con una de sus manos la cabeza mientras mantenía los ojos cerrados con una mueca de dolor. Tenía el pelo mojado y la voz ronca. Parecía enfermo—. ¿Te han asignado a ti el caso? Pensaba que solo te dedicabas a multas de tráfico y pequeños hurtos…
—Me han ascendido, Jason, gracias por tu interés. Es el primer caso de desaparición que me asignan —Andrew señaló moviendo su cabeza hacia las escaleras sin apartar la vista de Jason— ¿Qué hay en el sótano?
—Escúchame Andrew, no deberías bajar allí… yo… —Jason comenzó a golpearse la cabeza contra la puerta—. Es ese libro Andrew… Él me obligó.
—¿Qué has hecho Jason? ¿Tienes ahí abajo a la chica? —Andrew apuntó con su arma de nuevo a Jason mientras arqueaba su cuerpo para asomarse al sótano. Bajó un par de escalones de espaldas, sin dejar de apuntar con su arma. Apartó un segundo la vista de Jason para poder comprobar el sótano.
En ese momento Jason se abalanzó sobre el detective empuñando un cuchillo que había conseguido mantener oculto tras el marco de la puerta. Andrew disparó instintivamente. Un par de tiros impactaron sobre el torso de Jason. Pero la distancia era tan pequeña y el movimiento de Jason tan impulsivo, que esto no consiguió evitar que el delincuente hundiese por completo la hoja de su cuchillo en el hombro del detective a la vez que descargaba todo el peso de su cuerpo sobre Andrew, quien no aguantó la carga y se desplomó después del rápido envite.
Ambos rodaron escaleras abajo y Andrew perdió el conocimiento.
El sótano era una pequeña estancia ovalada. El suelo era de tierra en bruto. Una densa bruma sobrenatural lo cubría todo. El frío era notable y el aire parecía cargado. En el centro de la escena había un altar improvisado con unas cajas de madera y unas mantas rojas. A su alrededor, unos candelabros con velas prendidas. Un atril con un libro abierto presidía la estancia y quedaba a menos de un metro de Andrew y Jason, quien aún estaban tendidos en el suelo. Numerosos símbolos esotéricos adornaban el conjunto por las paredes y el techo. Una grieta enorme en la pared más alejada dejaba pasar a su través una tenue luz verdosa sobrenatural.
Andrew consiguió abrir los ojos y contempló aquella grotesca escena. Dejó que el terror se apoderase de su cuerpo y con un movimiento involuntario de su pierna, pataleó y tiró uno de los candelabros contra el altar mientras él aún estaba en el suelo. La manta roja del altar prendió rápidamente y contempló que la chica que él buscaba estaba allí, de pie, sobre el altar, de espaldas a él.
—¡Emily! Soy Andrew, detective de la policía de Los Ángeles… ¡grrr! —El dolor de la fría hoja clavada su cuerpo se le hizo evidente y no pudo seguir articulando palabras.
Emily tenía un brazo extendido hacia la grieta y caminaba por voluntad propia encima del altar, hacia el fondo de la habitación. Un muro de fuego comenzaba a separar a la chica del detective, debido a la vela que había prendido el improvisado altar. A la izquierda de Andrew, Jason yacía sobre un charco de sangre, respirando con mucha dificultad, tenía los ojos bien abiertos y contemplaba la escena con una expresión de paz.
Cuando la chica llegó justo al borde del altar, de la grieta salieron un par de tentáculos viscosos. Cada uno de ellos podría medir perfectamente cinco metros de longitud y un metro y medio de ancho. Emily extendió ambos brazos hacia arriba y los tentáculos la cogieron y la elevaron en el aire.
Andrew consiguió ponerse en pie. El miedo aún no se había apoderado completamente de él. La cortina de fuego era densa y el humo abundante. Por más que quería era imposible llegar hasta Emily. Sin saber qué hacer y habiendo perdido toda esperanza, contempló el libro que había en el altar: Estaba escrito en una lengua que él desconocía, pero solo con posar sus ojos sobre sus páginas, cientos de visiones y susurros se comenzaron a generar en su cabeza. Intentó apartar los ojos, pero no podía. Su cuerpo se movía de forma incontrolable y posó ambas manos sobre las hojas. Sintió un dolor eléctrico que se extendía desde las palmas de sus manos hasta el resto de su cuerpo. El dolor era insoportable y sus ojos se cerraron con fuerza en una mueca de agonía lenta.
A los pocos segundos el dolor paró. Consiguió retirarse del libro. El dolor del cuchillo había cesado. Emily no estaba y la grieta de la pared se había cerrado. El fuego, por el contrario, era cada vez mayor. El humo hacía imposible respirar en aquel sótano. Jason extendía uno de sus brazos a Andrew en señal de petición de ayuda.
Andrew ignoró a Jason, subió las escaleras tan rápido como pudo y abandonó a aquel desgraciado a su suerte. Salió de la casa y se dirigió al coche de su compañero.
—¡Andrew! ¿Estás bien? ¡Estaba a punto de entrar en tu busca! —dijo Robert mientras Andrew entraba al vehículo—. ¿Encontraste a la niña? ¿Había alguien en la casa?
—No, no había nadie. Estaba vacía. Arranca y vámonos. —Robert posó la vista en las manos de Andrew
—¿Qué es lo que llevas ahí? ¿Eso es un libro? ¿De dónde lo has sacado?


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