—Espérame
en el coche, vuelvo enseguida —dijo Andrew mientras se bajaba del automóvil y
cerraba tras de sí la puerta.
—Jefe,
no creo que sea buena idea…
—Robert,
—Andrew se inclinó asomándose por la ventanilla para mirar a su compañero
directamente a los ojos— confía en mí. Jason es un viejo conocido, pero no se
fía de los extraños. Es mejor que esperes aquí.
Una
lluvia torrencial golpeaba la gabardina gris y el sombrero de Andrew, quien
recorrió trotando los pocos metros que separaban el coche de aquella casa
solitaria a las afueras de Los Ángeles.
La luz
del porche estaba apagada y dentro no parecía que hubiese nadie. Llamó al
timbre y colocó instintivamente la mano sobre su arma reglamentaria.
—¿¡Jason!?
—gritó— Jason, soy Andrew. Tenemos que hablar. Vengo solo.
Nadie
contestó.
—Jason,
no juegues conmigo. Sé que estás ahí —dijo Andrew mientras intentaba girar el
pomo de la puerta sin mucha esperanza. No obstante, fuera de todo pronóstico,
la puerta se abrió. Un pasillo mal iluminado se abría ante él. Un par puertas
abiertas a cada lado del pasillo daban a habitaciones oscuras. La única luz
encendida en toda la casa era la de una escalera al fondo de la estancia: una
escalera que bajaba al sótano.
Andrew
entró a la casa despacio, cerró la puerta y sacó su arma.
—¿Jason?
—dijo en un tono más calmado y casi susurrando— Jason, soy Andrew.
Avanzaba
lento pero seguro hacia la escalera, pareciese como atraído cual mosquito hacia
la luz. Sostenía el revólver con ambas manos. La gabardina abierta dejaba ver
su oscuro uniforme de servicio. A cada paso que daba, la madera del suelo chirriaba.
Llegó hasta la escalera, pero no conseguía ver el sótano aún. La escalera
estaba dividida en dos tramos, cada uno de ellos separados por un amplio
descansillo de donde provenía la luz.
Casi no
había pisado el primer escalón, cuando una voz a sus espaldas lo detuvo en
seco.
—Hola,
Andrew… Estaba durmiendo. —Andrew se giró sobresaltado y contempló a Jason
dejado caer sobre el marco de una de las puertas que había dejado atrás—.
Perdón si no te he abierto antes… Me ha costado levantarme. Me encuentro mal.
—Jason,
¿sabes por qué estoy aquí? —dijo Andrew mientras bajaba el arma, algo más
tranquilo.
—Seguramente
por la desaparición de la niña de los White. —Jason se frotaba con una de sus
manos la cabeza mientras mantenía los ojos cerrados con una mueca de dolor.
Tenía el pelo mojado y la voz ronca. Parecía enfermo—. ¿Te han asignado a ti el
caso? Pensaba que solo te dedicabas a multas de tráfico y pequeños hurtos…
—Me han
ascendido, Jason, gracias por tu interés. Es el primer caso de desaparición que
me asignan —Andrew señaló moviendo su cabeza hacia las escaleras sin apartar la
vista de Jason— ¿Qué hay en el sótano?
—Escúchame
Andrew, no deberías bajar allí… yo… —Jason comenzó a golpearse la cabeza contra
la puerta—. Es ese libro Andrew… Él me obligó.
—¿Qué
has hecho Jason? ¿Tienes ahí abajo a la chica? —Andrew apuntó con su arma de
nuevo a Jason mientras arqueaba su cuerpo para asomarse al sótano. Bajó un par
de escalones de espaldas, sin dejar de apuntar con su arma. Apartó un segundo
la vista de Jason para poder comprobar el sótano.
En ese
momento Jason se abalanzó sobre el detective empuñando un cuchillo que había
conseguido mantener oculto tras el marco de la puerta. Andrew disparó
instintivamente. Un par de tiros impactaron sobre el torso de Jason. Pero la
distancia era tan pequeña y el movimiento de Jason tan impulsivo, que esto no
consiguió evitar que el delincuente hundiese por completo la hoja de su
cuchillo en el hombro del detective a la vez que descargaba todo el peso de su
cuerpo sobre Andrew, quien no aguantó la carga y se desplomó después del rápido
envite.
Ambos
rodaron escaleras abajo y Andrew perdió el conocimiento.
El
sótano era una pequeña estancia ovalada. El suelo era de tierra en bruto. Una
densa bruma sobrenatural lo cubría todo. El frío era notable y el aire parecía
cargado. En el centro de la escena había un altar improvisado con unas cajas de
madera y unas mantas rojas. A su alrededor, unos candelabros con velas
prendidas. Un atril con un libro abierto presidía la estancia y quedaba a menos
de un metro de Andrew y Jason, quien aún estaban tendidos en el suelo.
Numerosos símbolos esotéricos adornaban el conjunto por las paredes y el techo.
Una grieta enorme en la pared más alejada dejaba pasar a su través una tenue
luz verdosa sobrenatural.
Andrew
consiguió abrir los ojos y contempló aquella grotesca escena. Dejó que el
terror se apoderase de su cuerpo y con un movimiento involuntario de su pierna,
pataleó y tiró uno de los candelabros contra el altar mientras él aún estaba en
el suelo. La manta roja del altar prendió rápidamente y contempló que la chica
que él buscaba estaba allí, de pie, sobre el altar, de espaldas a él.
—¡Emily!
Soy Andrew, detective de la policía de Los Ángeles… ¡grrr! —El dolor de la fría
hoja clavada su cuerpo se le hizo evidente y no pudo seguir articulando
palabras.
Emily
tenía un brazo extendido hacia la grieta y caminaba por voluntad propia encima
del altar, hacia el fondo de la habitación. Un muro de fuego comenzaba a
separar a la chica del detective, debido a la vela que había prendido el
improvisado altar. A la izquierda de Andrew, Jason yacía sobre un charco de
sangre, respirando con mucha dificultad, tenía los ojos bien abiertos y
contemplaba la escena con una expresión de paz.
Cuando
la chica llegó justo al borde del altar, de la grieta salieron un par de
tentáculos viscosos. Cada uno de ellos podría medir perfectamente cinco metros
de longitud y un metro y medio de ancho. Emily extendió ambos brazos hacia
arriba y los tentáculos la cogieron y la elevaron en el aire.
Andrew
consiguió ponerse en pie. El miedo aún no se había apoderado completamente de
él. La cortina de fuego era densa y el humo abundante. Por más que quería era
imposible llegar hasta Emily. Sin saber qué hacer y habiendo perdido toda
esperanza, contempló el libro que había en el altar: Estaba escrito en una
lengua que él desconocía, pero solo con posar sus ojos sobre sus páginas,
cientos de visiones y susurros se comenzaron a generar en su cabeza. Intentó
apartar los ojos, pero no podía. Su cuerpo se movía de forma incontrolable y
posó ambas manos sobre las hojas. Sintió un dolor eléctrico que se extendía
desde las palmas de sus manos hasta el resto de su cuerpo. El dolor era
insoportable y sus ojos se cerraron con fuerza en una mueca de agonía lenta.
A los
pocos segundos el dolor paró. Consiguió retirarse del libro. El dolor del
cuchillo había cesado. Emily no estaba y la grieta de la pared se había
cerrado. El fuego, por el contrario, era cada vez mayor. El humo hacía
imposible respirar en aquel sótano. Jason extendía uno de sus brazos a Andrew
en señal de petición de ayuda.
Andrew
ignoró a Jason, subió las escaleras tan rápido como pudo y abandonó a aquel
desgraciado a su suerte. Salió de la casa y se dirigió al coche de su
compañero.
—¡Andrew!
¿Estás bien? ¡Estaba a punto de entrar en tu busca! —dijo Robert mientras
Andrew entraba al vehículo—. ¿Encontraste a la niña? ¿Había alguien en la casa?
—No, no
había nadie. Estaba vacía. Arranca y vámonos. —Robert posó la vista en las manos de Andrew
—¿Qué es
lo que llevas ahí? ¿Eso es un libro? ¿De dónde lo has sacado?
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