—Espérame
en el coche, vuelvo enseguida —dijo Andrew mientras se bajaba del automóvil y
cerraba tras de sí la puerta.
—Jefe,
no creo que sea buena idea…
—Robert,
—Andrew se inclinó asomándose por la ventanilla para mirar a su compañero
directamente a los ojos— confía en mí. Jason es un viejo conocido, pero no se
fía de los extraños. Es mejor que esperes aquí.
Una
lluvia torrencial golpeaba la gabardina gris y el sombrero de Andrew, quien
recorrió trotando los pocos metros que separaban el coche de aquella casa
solitaria a las afueras de Los Ángeles.